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AVELINA LÉSPER - Segunda parte
ndependientemente de a qué se refiere la autora con que la palabra “complejo” se utiliza indiscriminadamente, según la definición del diccionario, el de la Real Academia de la Lengua, lo “complejo” no está en relación con lo incomprensible, significa sencillamente “que se compone de elementos diversos”; por otro lado, me puse a buscar las citas que hace de Jung pues hasta donde sé Jung nunca habló de un complejo de inferioridad, y no las encontré por ningún lado, hasta que busqué en Wikipedia y me di cuenta de que todas las citas que utiliza Lésper en su texto provienen de ahí: Lésper no hace ni una sola referencia a ningún libro de Jung para citarlo. A la postre, las definiciones del artículo de Wikipedia son citas de otros diccionarios médicos que a su vez hacen referencia a Jung. Este procedimiento, que no se puede considerar riguroso, es sin embargo con el que pasa a acuñar un concepto personal, el “complejo del urinario”, para el cual no hace ni una sola referencia al caso de Duchamp, ni siquiera lo menciona, cuando sobra decir que tendría que ser una referencia obligada. Lésper no se toma la molestia, ¿por qué?
Veamos uno más de sus artículos, en torno al robo de arte. La autora hace un breve listado de artistas cuyas obras son mas comúnmente procuradas por los ladrones de arte, Picasso, Miró, Chagall, Durero, y luego señala:
Si analizamos la lista de robos podemos destacar una cosa: al arte conceptual nadie se lo roba. Ni por error. Nadie hasta la fecha ha arriesgado su vida por los condones usados de Tracy Emin o la Silla de grasa de Beuys o el urinario que se supone que es un ícono del antiarte [...] Y eso es sorprendente porque si se supone que el concepto es el que da valor a las obras, los ladrones deberían creer que robarse una pila de zapatos usados es un buen negocio porque está en la Bienal de Venecia y porque el curador creó un contexto que le da valor. Pero no, no se los roban. La excusa podría ser que los autores están vivos, pero Duchamp no lo está y nunca lo han robado [...] Esto me lleva a concluir que en el momento en que alguien va a violar la ley por tener una obra de arte no cree en el contexto, ni en el valor del discurso del curador, cree en el objeto, en lo que se lleva [...] La conclusión es que a los ladrones a gran escala no les gusta este antiarte, no demuestra valor en sí mismo y no merece la pena arriesgarse por él. [avelinalesper.com 17/07/2009]
"La fuente" de Marcel Duchamp, réplica de 1960.
“La fuente” de Marcel Duchamp, réplica de 1960.
La autora dice creer que los ladrones de arte se roban una obra por su valor artístico, porque les gusta, y no por su valor en el mercado negro, y su referencia para este argumento es la película The Thomas Crown Affaire, en la versión con Pierce Brosnan (usa una cita de la película como epígrafe). Además de que es muy dudoso que el robo profesional de arte busque el valor artístico antes que el monetario, es sencillamente falso que al arte conceptual nadie se lo roba. Este mismo año, en agosto, en un museo de Holanda se robaron una pieza de Jan Schoonhoven cotizada por Sotheby’s en 285 mil euros, se trata de una caja que contiene pequeños triangulitos de papel maché; una de las versiones de la famosa Mona Lisa de Duchamp, L.H.O.O.Q., de 1940, se la robaron en 1981, y una versión de la Rueda de bicicleta fue robada del MOMA por un joven que, según las investigaciones, no se la llevó para venderla, ya que la Rueda se encontraba en una sala al lado de algunos Van Gogh y muy cerca de la Persistencia de la memoria, de Dalí, mucho más valiosa y ciertamente más fácil de cargar. Este caso no es un secreto, lo dio a conocer la revista Forbes hace doce años. Los argumentos de Lésper no sólo son endebles, además está muy mal informada. La falta de rigor y la banalidad que no se cansa de señalar en el arte contemporáneo son las mismas que caracterizan sus textos, y sin embargo nada de esto ha impedido que muchos se sumen a sus críticas, si es que pueden llamarse así, pues esta clase de crítica no es crítica por ningún lado; no se trata de pensamiento crítico ni de lejos, en el sentido filosófico de Kant, de definir los límites en que puede pensarse un problema; no se trata de crítica ni en el sentido estrictamente etimológico, de estar en crisis, para el caso, de tratar cuestionamientos personales frente a un tema, pues Lésper no ensaya, no se hace preguntas, está absolutamente segura de sus opiniones. No es crítica, a no ser que entendamos por crítica el ejercicio llano y simple de adjetivar, de decir, en ausencia de un marco teórico definido, “esto es arte, esto no es arte”. No obstante, esta crítica, más cercana a la definición de chisme (según la RAE: Noticia verdadera o falsa, o comentario con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguna), es recibida con entusiasmo entre toda clase de personas, se publica con alguna frecuencia en esta revista, cada semana en el suplemento Laberinto y en otras como Letras Libres, la publicación heredera de Vuelta, de Octavio Paz, en donde escriben críticos como Roger Bartra o Christopher Domínguez Michael. ¿A qué se debe este fenómeno tan extraño?
Tal vez lo más curioso de Avelina Lésper es que, en medio de sus indisciplinados ataques a diestra y siniestra, a veces da en el clavo. En un texto sobre el pintor Antonio López, un hiperrealista con una comisión para pintar a la familia real de España, y que tiene ya diecisiete años tratando de terminar el encargo, dice Lésper:
Esta situación no existiría si desde el inicio le hubieran dado esta comisión a un colectivo de arte contemporáneo. Un equipo interdisciplinar establecería los mecanismos de formalización y configuración de los dispositivos intelectuales y materiales para realizar la obra. Documentarían el proceso, los discursos generados, las diferentes propuestas consustanciales a la rematerialización de la familia real a través de sus problemáticas emotivas y personales. Decidirían una intervención site-specific para suplantar a la representación y crear una presencia que impugne el canon establecido desde Velázquez a Goya. Con esta metodología definida, el colectivo accionaría las piezas que significaran y reflexionaran sobre las posibilidades constructivas y psico-sensoriales aludiendo a las especificidades de la polarización/integración de cada personaje a través de la superposición de formas híbridas y elementos diversos: bloques de concreto, luz neón, botellas vacías, pedruscos, papeles arrugados, confeti dentro de un frasco de vidrio, cigarrillos, restos de comida, sonidos alterados, alambres enredados, neumáticos ponchados. El proceso les tomaría unos días y la obra final la montarían en pocos minutos [avelinalesper.com 09/06/2013].
Ésta es una descripción perfectamente verosímil. Esto puede significar que para tocar fibras sensibles en la realidad del arte contemporáneo no se necesita ser poseedor de un pensamiento crítico agudo, ni crítico en absoluto, o bien puede significar que Lésper sencillamente expresa una opinión compartida por muchos, una opinión —en el sentido de la doxa— que no suele ser expresada en ese tipo de espacios. En el párrafo citado describe exactamente la manera en la que procedería un grupo de artistas conceptuales. Efectivamente, la inmensa mayoría de las veces el arte actual es una gran farsa, pero esto lo saben perfectamente los artistas, los críticos y los curadores. A excepción de los estudiantes que aún no han tenido que vérselas con el mercado, no conozco a alguien que realmente se la crea. Tal vez Avelina Lésper sea un síntoma de un enojo social, nadie se traga el cuento de que una caja de zapatos vacía tirada en el piso pueda guardar un significado filosófico y la posibilidad de una avanzada conceptual de este tipo para el mercado del arte hace por lo menos tres décadas que dejó de tener alguna efectividad.