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Arte e identidad en la época de la globalización
Presenciamos un momento de la historia en que la inestabilidad y el dinamismo se convierten en
las características principales del mundo que nos rodea. Uno de los factores desencadenantes
de este cambio es el proceso de globalización. Estamos acostumbrados a este término aplicado
a los mecanismos de origen económico, pero actualmente se observa como cobra especial
importancia para los estudios en el ámbito cultural.
En las reflexiones sobre el nuevo orden global a menudo se expresa preocupación por la
unificación cultural bajo el paradigma occidental como posible consecuencia a largo plazo. Sin
embargo, desde hace unas décadas, se percibe una tendencia clara de la revaloración de la
cultura local como un proceso compensatorio frente a la globalización. De un modo paradoxal el
mundo globalizado está convirtiéndose, por un lado, en un mundo de diferencia, individualismo,
“otredad” y, por el otro, en un lugar de acceso inmediato, de la unificación de los sistemas
simbólicos, del imaginario, de la cultura. Los dos caminos de desarrollo cultural, que a primera
vista parecen totalmente contrarios, se sobreponen en algún punto creando lo que Bourriaud
(2009) en uno de sus últimos ensayos, Radicante, llama “altermodernidad” (p. 42). Este concepto
denomina una nueva etapa en la evolución del arte contemporáneo. El autor ve la esencia de
nuevo orden en “la cooperación entre una multitud de semas culturales mediante la traducción
permanente de las singularidades” (Bourriaud, p.42). El diálogo se hace posible gracias al ejercicio
de traducción llevado a cabo por el artista. Obviamente, igual que en el campo lingüístico, el acto
de traducir “unidades” culturales a menudo conlleva pérdidas importantes en el sentido del
conjunto y, por tanto, distorsiones del mensaje. Aún así, el beneficio del intercambio sobrepasa
los riesgos de la fragmentación del contenido. El conflicto entre local y global se convierte en
un diálogo a través del lenguaje universal de arte que deja en el pasado la actitud paternalista
hacia las manifestaciones de la diversidad cultural. El arte, según Bourriaud, tiene que dejar
de clasificar la obra según las pertenencias culturales y territoriales. En un mundo en proceso
acelerado de la globalización, donde el concepto del espacio cultural se repiensa continuamente
por el desarrollo veloz de los medios de comunicación, es impensable localizar al artista y su
obra en un punto espacial específico.
Me parece acertada la afirmación de Bourriaud de que no existen actualmente las identidades
culturales puras, delimitadas claramente por la pertenencia a un espacio. En su lugar vemos
identidades “radicantes” (Bourriaud, 2009, p.22), los individuos unidos por la naturaleza del
pensamiento nómada que establecen una relación entre sus raíces culturales y las experiencias
adquiridas en el intercambio con el entorno dinámico y el “Otro”. En el arte esto se refleja en
la necesidad imperante del diálogo entre valores culturales de origen del artista y el discurso
establecido por el arte contemporáneo, heredero de la tradición occidental. Está claro que
semejante hibridación cruzada en el campo cultural se hace posible únicamente en el caso de que
RECENSIÓN
ANNA BORISOVA Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Murcia
anna.borisova@um.es
© Copyright 2012: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Murcia. Murcia (España)
vol 6 / Jun. 2012 275-277 pp ISSN edición impresa: 1889-979X. ISSN edición web (http://revistas.um.es/api): 1989-8452
Coincidencia de visiones global (Bourriaud) y local (Kondakov).