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El retrato, una abstracción del alma-SEGUNDA PARTE
Recordé la obra de Molina y me emocioné nuevamente con los colores fuertes de algunos cuadros, y oscuros y tristes de otros. Esos matices están definidos, en última instancia, por los estados de ánimo, el carácter y la psicología del personaje retratado.
Súbitamente, intento lucir más feliz y despreocupada con la intención, inconsciente, de que el resultado final se muestre más colorido. Sin embargo, me percato de los libros de psicología que rondan por la habitación y, de inmediato, caigo en cuenta de que mi artimaña no funcionaría y que, de alguna manera, sería deshonesta conmigo misma. Vuelvo a mi estado natural y le pregunto a José Luis sobre el trasfondo de su obra.
“Por alguna razón el retrato me ha capturado. Creo que es porque me permite interactuar con las demás personas”, me responde calmadamente como tratando de explicarse a sí mismo la lógica que encierra el discurso de sus pinturas. Más adelante, me confiesa que, debido a su carácter introvertido considera que, además del reto de enfrentarse al dibujo después de tantos años como pintor, la principal ganancia del proceso ha sido acercarse al otro, íntimamente, desde la esencia del ser y no desde el hecho elemental de una persona que solo está posando.
Para él, el retrato se ha convertido en una forma de expresión, no sólo de las cualidades físicas de un personaje, sino también de su carácter, sus sentimientos, sus estados psicológicos y las diferentes historias de vida que se cuentan a través del color. La similitud no es más una necesidad inapelable. En cambio, la inconsciencia, la forma de ser y el estado anímico de la persona retratada, se convierten en el fin último del retratista.
José Luis Molina
José Luis Molina
“Cuando a las personas se les habla de retrato muchas veces se quedan simplemente en la representación. Considero que los pintores que se quedan en ese aspecto no son nada buenos. Los grandes retratistas se caracterizan, precisamente, porque a través de su pintura logran trasmitir algo del personaje, no solamente su aspecto físico, sino algo del carácter. Lo fundamental es que se vea algo de la psicología del individuo. Eso es lo realmente interesante”, comenta mientras vuelve la mirada hacia mi rostro tratando de descifrarlo y, enseguida, regresa a la pintura.
Esta vez es la poderosa voz de Amy Winehouse la que llena la habitación, mientras el pintor emocionado tararea unas cuantas palabras en inglés que, juntas, componen un verso roto. “Mejor me dedico a la pintura”, dice entre carcajadas y enseguida un gesto de nostalgia aparece en su rostro. Más tarde me revelaría que cuando niño cantaba rancheras y que un casete de José Alfredo Jiménez se convirtió en el inicio de su afición por la música.
A los ocho años cantaba con entusiasmo, pero el brote de la pubertad cambió su voz y se detuvo en su empeño. Su padre, José Martín Molina, fue acordeonero y amigo de parrandas de Rafael Escalona. En definitiva, la música siempre ha estado presente en su vida. De niño fantaseaba con dedicarse a esa profesión y, actualmente, influye cuantiosamente en su trabajo artístico.
En el año 2010, por ejemplo, realizó una exposición llamada ‘La Muerte del Ángel’, basada en la intención de traducir la música a la estética visual. El título de esa producción se convirtió en homenaje a una de las canciones del bandoneonista y compositor argentino Astor Piazzola, considerado uno de los músicos más influyentes del siglo XX.
La música del hombre que revolucionó el tango tradicional en un nuevo estilo que incorporó elementos de jazz y música clásica, lo acompañó en sus jornadas de creación, al igual que los vallenatos clásicos y otros géneros musicales.
‘La Muerte del Ángel’ fue la transición de la abstracción a lo figurativo del retrato que, en el caso de José Luis Molina, viene a convertirse en la abstracción del alma y la personalidad, representadas ambas en los gestos y las facciones de los rostros que son testigos de memorias de antaño.
“Decidí volver a la figuración. Mientras estaba haciendo abstracción en la pintura, estaba dibujando. Siempre me he considerado más pintor que dibujante, pero creo que para ser un buen retratista se debe ser antes un buen dibujante. Así que empecé a hacer ejercicios de dibujo hace tres años y le imprimí color a la obra el año pasado. Era un ejercicio que hacía a diario y lo que más dibujaba era retratos. Siento que todavía tengo muchas cosas que expresar a través de la imagen, no solo del color”, expresa puntualmente.
El rostro inescrutable de ‘El Turri’ no me deja adivinar el camino que ha tomado la obra. Solo veo su mano moverse en un vaivén interminable. Las pinceladas fuertes hacen alarde de su profunda concentración. “Me voy a excusar en lo contemporáneo. La belleza no hace parte de esto. Lo importante es el concepto”, dice entre risas, tal vez, tratando de ocultar el nerviosismo que siente frente a la dura tarea de retratar a un personaje pues, como ya lo había dicho, los modelos siempre esperan ver casi una fotografía como resultado.
Siento que no es mi caso pero, aun así, no deja de causarme curiosidad conocer la manera como otras personas me ven. Sé que esas características de las que yo no me percato se verán reflejadas al final.
Como tratando de captar esos aspectos de mi personalidad, el artista pausa por momentos, se aleja, mira su creación, cambia de pincel, escoge nuevos colores, piensa por varios segundos, se acerca nuevamente y, con motivación renovada, retoma el trabajo. Como un ritual, repite la rutina varias veces.
“¿Qué está haciendo?”, me pregunto intrigada. Y como si leyera mi mente, lanza un susurro con sonido de bala: “Nos vamos acercando”. Sonríe y sale del cuarto a llenar mi taza de café. Me prohíbe rotundamente levantarme del lugar, donde he estado sentada por dos horas, para mirar a hurtadillas la evolución de la obra. “¡Te asustarías!”, me advierte. Sus palabras aumentan mi curiosidad. Siento flaquear mi fuerza de voluntad pero, al final, paso la prueba.