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Aunque no puedo ver el cuadro, trato de imaginarlo. Me resulta una tarea imposible. En mi mente no puedo ubicar colores, ni formas que representen mi rostro. Lo único que sé con certeza es que no habrá rojo, pues al comenzar la jornada Molina me preguntó cuáles eran mis colores favoritos y mi respuesta fue contundente: “¡Todos, menos el rojo!”.
Al volver a la habitación me explica que no le gusta mostrar las obras en proceso porque las personas tienden a cambiar su perspectiva que, en algunos casos, muta por sí sola. Habla de capas y de dejarse llevar por lo visual. “Si no funciona, se cambia”, asegura.
La luz de la tarde se torna diferente y la puesta de sol amenaza con su llegada. Finalmente, oscurece lentamente y, entre penumbras, el pintor sigue en un frenesí imparable. Enciende la bombilla que llena el cuarto de un destello amarillo, mira el cuadro, lo acaricia con el pincel y enseguida vuelve a dejar la habitación a oscuras. “La luz ha cambiado”, murmura como hablando consigo mismo. Alcanzo a atrapar las palabras que luego se pierden en la oscuridad, y mi temor inicial de estar sentada por horas se vuelve real.
El pintor no está contento con lo que hasta al momento ha realizado. Dice que no ha conseguido apoderarse de mi mirada para plasmarla en el cuadro. Decide retomar su labor al día siguiente y se despide con una frase categórica: “Todos vemos el mundo de una manera distinta y los pintores vemos luz, sombras, colores y pinceladas en los rostros, en los paisajes y en los objetos inanimados”.
Temerosa, esa noche contemplé la evolución de mi retrato. El pintor tenía razón: mi esencia aún no estaba allí. Además, parecía una mujer mucho mayor y con un semblante casi lúgubre, lo cual no me sorprendió, pues ya conocía esa característica de la obra de Molina.
La segunda jornada trascurrió más tranquilamente. José Luis había reflexionado sobre la conclusión de la pintura y yo ya conocía a lo que me sometería. Las siguientes horas no marcharon tan lento como el día anterior. ‘Fly me to the Moon’ de Frank Sinatra resonaba en el fondo y esta vez era yo la que tarareaba. La comodidad de lo conocido redujo la tensión.
Durante la tarde previa, ‘El Turri’ me había dicho que pretendía imprimirle un toque clásico a mi retrato. No podía esperar a verlo nuevamente, pues intuía que muchas cosas cambiarían. El pintor seguía modificando elementos, colores y trazos y, en algunas ocasiones, expresaba su temor de arruinar lo que había realizado hasta ese punto.
Repentinamente, las palabras anheladas surgen de la nada llenas de júbilo: “¡Está listo!”. Me incorporo velozmente y voy al encuentro del redescubrimiento de mi rostro. Las pinceladas son serenas y los colores sutiles, casi etéreos. Dos luces azules, a cada lado de mi imagen, iluminan el resto del panorama. Un cuello largo se erige altivamente en la figura de expresión apacible pero firme. Y la mirada, bueno, la mirada es mi mirada.
Al observar el retrato de esta mujer, casi desconocida, me reconozco a mí misma, aunque no sé la razón detrás de esa emoción. Quizás porque cada vez que la veo se muestra diferente. Su apariencia y catadura es voluble. La he visto sonreír, llorar, atemorizarse y preocuparse. La he percibido enigmática, llena de amor, valiente, fuerte y, en algunas ocasiones, débil. Me reconozco en ella, en sus colores, en su forma, en su esencia, en su fondo.
Actualmente, mi imagen cuelga en las paredes de la Alianza Francesa de Valledupar, junto a otros casi cincuenta cuadros, en una exposición que da cuenta de la labor constante y dedicada de José Luis Molina Torres, para quien el retrato se ha convertido en una búsqueda personal, en una catarsis. El expresionismo, ligado al pasado, ha mutado en la introspección de su propia psicología. Asimismo, la poesía cumple un papel vital para meditar sobre ese análisis del carácter y la entrega de dicho mensaje al público.
“Una de las cosas que he buscado siempre es que dentro de las imágenes haya algo de poesía para que pueda trasmitir algo. Si no hay poesía el trabajo no funciona”, señala luego de contarme sobre su estrecho lazo con la literatura, el cual se deriva de sus años en la secundaria cuando, en compañía de un primo, visitaba en San Diego, Cesar, el grupo Café Literario Vargas Vila y se convirtió en bibliotecario ad honorem del espacio de dichas reuniones. El lugar llegó a ser su atrio para pintar y los encuentros afianzaron su amor por las letras y el arte en general.
Las memorias de su infancia en San Diego y Valledupar aparecen sin avisar y hacen revivir los recuerdos de aquel niño que soñaba con ser astronauta, médico y hasta conductor de carros de carreras y que, al mismo tiempo, creaba mundos imaginarios a través del dibujo y la inocencia de su edad, que hoy se reflejan en la búsqueda incesante del ser como ser mismo.
La respuesta de esa exploración interminable se traduce hoy para José Luis Molina en su visión del retrato que, amparado en la eternización de la fisonomía y el temperamento, busca la recreación y la exteriorización de los mundos interiores, del alma y de la esencia, a través de la forma como pretexto para la pintura, del color y de la expresión íntima y misteriosa.
Milagros Oliveros