jueves, 20 de marzo de 2014

El retrato, una abstracción del alma


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El retrato, una abstracción del alma Martes, 18 de Febrero de 2014 04:40 | Escrito por Milagros Oliveros- José Luis Molina y el retrato de Milagros Oliveros José Luis Molina y el retrato de Milagros Oliveros La tarde inició con un café de esos cerreros que tanto me gustan. José Luis Molina lo sabe y por eso no se molestó en ofrecerme azúcar. Después de mucho tiempo, habíamos acordado una cita, varias veces aplazada, con el fin de servirle de modelo para una pintura. Había accedido, llena de expectativas, a exponerme a la tortura de permanecer horas sentada rígidamente, tal vez, con la ilusión de inmortalizarme a través de un retrato. Comprendía que podía ser agotador pero, sin ningún preámbulo, me senté en una silla ubicada al lado de la ventana que daba a la calle, y que traía al cuarto la ráfaga de luz abrasadora de las tardes vallenatas. El caballete descansaba pesadamente frente a mí, casi amenazante y, de momento, me sentí intimidada. Volví la mirada hacia donde estaba José Luis escogiendo el bastidor que utilizaría para dejar mi rostro plasmado. La tela seleccionada ya mostraba la forma de una fruta tropical, originaria del nordeste brasileño, de la cual estaba determinado a deshacerse por motivos que no logré entender. Pensé en el sentimiento de nostalgia que debe experimentar un pintor al borrar una de sus creaciones, pero la momentánea cavilación se desvaneció casi de inmediato. Aquel marañón de colores vivos, que desaparecería en las próximas horas con las pinceladas que darían forma a una nueva idea, le recordó al artista la época en que viajó a Brasil en busca de nuevos aires y de un entorno diferente para hacer crecer su obra. En alguna otra ocasión, envueltos en charlas interminables, ya me había contado de sus aventuras en aquel país. Sin embargo, esa tarde me describió la travesía que para su proceso creativo había significado. Luego de un largo camino en el que se graduó como psicólogo social, trató de descubrirse como artista y exploró, insaciablemente, diferentes técnicas y formatos pictóricos, ‘El Turri’, como es popularmente conocido en el panorama artístico de Valledupar, enrolló sus lienzos y se fue a conquistar la tierra que parió pintores tan importantes como Candido Portinari, Di Calvalcanti y Anita Malfatti. Era el año 2003, la obra de Molina crecía exponencialmente a nivel regional. El reconocimiento y la aceptación de su trabajo afianzaron su idea de aventurarse hacia otras fronteras. Brasil fue el destino escogido debido a la gran fama que poseía a nivel mundial en cuanto a arte contemporáneo, y era en ese movimiento en el que José Luis consideraba que su producción artística se ubicaba. La capital del país más grande de Latinoamérica lo recibió con la modernidad de su juventud y de las obras arquitectónicas de Oscar Niemeyer, calificado como uno de los personajes más influyentes de la arquitectura moderna internacional y quien contribuyó a la construcción de Brasilia en los años sesenta. Edificios icónicos como el Congreso Nacional de Brasil y la Catedral de Brasilia se alzaron sobre las expectativas del viajero que conocía previamente la labor del arquitecto brasileño, pero sus intereses iban más allá de aquella ciudad que ostentaba flamantes construcciones. Molina quería acercarse a la pintura de esas tierras desconocidas y, al tratar de llevar a cabo su misión, se encontró con que el mercado del arte estaba enfocado en manifestaciones artísticas como la fotografía y la instalación. A pesar de que los artistas de su generación no estaban interesados en la pintura, el artista sandiegano permaneció ocho meses en aquel lugar, nutriéndose de diversas expresiones creativas y viviendo de la pintura comercial por algún tiempo. Realizó una exposición con la embajada de Colombia y, seguidamente, se trasladó a la nación del tango, género musical que más adelante influenciaría su trabajo creativo. Luego de seis meses en Buenos Aires, regresó a Colombia con la visión de realizar un nuevo trabajo y retornar a Brasil. Esta vez a Sao Paulo, con esperanzas frescas, pues había encontrado en aquella nación mucha experimentación y trabajos vanguardistas con los que se identificaba. Las notas de la guitarra de Santana me traen de vuelta a la realidad. Mi mente divagaba tratando de imaginar al pintor recorriendo las calles de una novísima Brasilia y de una nostálgica Buenos Aires, y convenciéndome a mí misma de que esas historias se encuentran escondidas en los lienzos que abundan en aquel taller lleno de colores que trazan, minuciosamente, los detalles de las mismas. “Usualmente no me salen los trabajos al primer intento. Tengo varios cuadros dentro de uno solo”. Las palabras atraviesan mis oídos como sentencia. Ya me imaginaba sentada allí por horas batallando en contra de las inaplazables urgencias del cuerpo humano.CONTINUARÁ...Primera parte